Autora: Carla Carulla, psicóloga infantojuvenil en Elisabet Rodríguez – Psicologia i Psicopedagogia (Granollers).
La sociedad capitalista actual valora y premia la productividad y el éxito mediante logros tangibles. Teniendo en cuenta este contexto, no es poco habitual que el tiempo libre pueda derivar en una fuente de estrés en lugar de una fuente de relajación. Es habitual sentir culpa al no estar «produciendo», sintiendo que los momentos de relajación o inactividad son momentos desaprovechados o perdidos.
Esta mentalidad tiene un impacto negativo en la propia salud mental y bienestar general; viéndose retroalimentada por las comparaciones surgidas a través de las redes sociales, en las que parece que todas las personas están aprovechando cada minuto de su tiempo embarcándose en nuevos proyectos, ideas, formaciones o planes; fomentando así la idea de que se debe estar en constante movimiento y producción.
En el artículo de hoy deseamos abordar esta problemática aprovechando que llega el verano y el periodo vacacional, un periodo especialmente vulnerable en la aparición de dichas sensaciones de culpa.

¿Por qué se asocia la baja productividad al sentimiento de culpa?
Varios son los aspectos que influyen en esta sensación. A continuación, se describen algunas variables contextuales y personales que pueden aumentar dicha sensación de culpabilidad:
– En primer lugar, la cultura de la productividad en la que vivimos es un factor importante a considerar en la problemática mencionada. El sistema capitalista premia y ensalza la productividad y el trabajo constante. Esto lo aprendemos en los diferentes contextos vitales desde la infancia, llegando a interiorizar la creencia de que el descanso es de vagos o de perezosos.
– Además, hay personas que vinculan fuertemente su identidad y su autoestima a sus logros y su desempeño laboral o profesional, por lo que cuando estos se reducen o cesan aparece un temor a la pérdida de dicha identidad que se puede acompañar de ansiedad y culpa.
– No nos podemos olvidar tampoco del papel que juega en la forma en que nos relacionamos con nosotros, con los demás y con el mundo, en ocasiones desde el temor a la evaluación negativa. El miedo hacia el juicio de los demás es una habitual fuente de preocupación que en este caso puede llevarnos a sentir la presión social de tener que estar trabajando, produciendo y avanzando en la propia carrera profesional; contribuyendo así de manera esperable a sentimientos de culpa por el tiempo libre. Esto se puede ver muy reforzado a través de las redes sociales.
– FInalmente, el perfeccionismo también juega un rol en esta problemática. Las personas con altos niveles de perfeccionismo pueden percibir el tiempo libre y el descanso como una amenaza para el cumplimiento de sus estándares y expectativas, que en la mayoría de ocasiones, no deviene un planteamiento realista.
¿Cómo evitar caer en el exceso de productividad?
Evidentemente nuestra salud mental se ve afectada negativamente por este exceso de productividad y esta falta de descanso. Consecuencias a las que suele ir asociado son el estrés crónico, la sintomatología ansiosa y depresiva, el síndrome del burnout y la reducción general en la calidad de vida.
Para hacer una adecuada gestión de estas emociones, es importante cuestionar las creencias de que la ocupación constante es un símbolo de éxito y de que la inactividad es sinónimo de pereza o ausencia de ambición. Cuestionar estos dos mitos que se han construido socialmente (y otros que podamos encontrar asociados) es fundamental para integrar la idea de que el descanso es absolutamente necesario para nuestra salud (física y mental) y para una vida equilibrada; permitiéndonos así modificar la relación que tenemos con él. Está constatado con numerosos estudios que la falta de un adecuado descanso afecta a varios niveles, entre los que se encuentran la memoria, el rendimiento cognitivo, el bienestar emocional y la toma de decisiones.
Asimismo, otro ingrediente importante es también la autocompasión. Solemos mantener un diálogo interno con nosotros/as mismos/as muy negativo y autocrítico. Esto mantiene e intensifica la emoción de la culpa; que, a su vez, refuerza la exigencia y los imperativos autoimpuestos, generando cada vez un mayor bloqueo. Por otro lado, trabajar en un discurso interno autocompasivo nos permite conectar con las propias emociones y necesidades (de las que solemos estar muy desconectados/as) y atenderlas desde una visión comprensiva, realista y flexible. Aunque pueda parecer paradójico, esto nos lleva a una movilización, de manera opuesta a la parálisis a la que suele llevar la autocrítica.
Cambiar la narrativa sobre el descanso y elaborar una visión más a medio-largo plazo nos permite incorporar el descanso como una parte fundamental del propio bienestar y de la propia salud; incluyendo prácticas de autocuidado que a su vez nos ayudan a lidiar de una manera mucho más sana con la culpa que pueda aparecer en determinados momentos.
Otros aspectos que pueden ayudar a gestionar mejor esa culpa y poder disfrutar de la relajación y el descanso son establecer límites claros entre el tiempo de trabajo y el tiempo de ocio, así como planificar y decidir horarios concretos para el descanso y las actividades de ocio, dándoles así un mayor peso a dichos espacios. Conectar con los propios valores y qué es importante en esencia para cada uno/a en la vida también nos puede ayudar a tomar decisiones más alineadas.
Aunque en mayor o menor medida esta es una sensación compartida; en ocasiones, esto puede llegar a niveles patológicos en los que interfiera fuertemente con la salud o bienestar emocional. En estos casos, pedir ayuda psicológica puede ayudar a encontrar ese equilibrio y sanar la relación con la inactividad y el tiempo libre.