Autora: Carla Carulla, psicóloga infantojuvenil en Elisabet Rodríguez – Psicologia i Psicopedagogia (Granollers).
Un factor clave dentro de la terapia psicológica es el cambio. Todas las personas que llegan a consulta, con independencia del motivo, tienen un punto en común: desean cambiar algo de sus vidas, de sus comportamientos o de su manera de relacionarse con los demás, con uno mismo o con el mundo.
Está claro que el ser humano tiene la capacidad de adaptarse al cambio, de hecho, las personas estamos expuestas constantemente a ellos desde etapas tempranas, ya sean pequeñas modificaciones en la rutina cotidiana o bien grandes cambios vitales o transformaciones personales profundas. Sin embargo, a pesar de estar preparadas para afrontar esta constante en la vida humana, pocas veces el proceso de cambio es sencillo o lineal.
En el artículo de hoy exponemos y describimos las fases que se suelen experimentar cuando un individuo se expone a la necesidad de cambio de algún aspecto vital. Comprender las características de dichas fases de motivación al cambio ayuda a tener una visión más global de dicho proceso, pudiendo así plantearnos los procesos de cambio con estrategias más efectivas y, por supuesto, con una actitud más compasiva hacia nosotros mismos y el proceso. En los 80, Prochaska y DiClemente desarrollaron una teoría que explica cómo se produce el cambio en las personas , denominado «Modelo Transteórico del Cambio». En él se identifican las seis etapas que suelen atravesar los individuos cuando se plantean el objetivo de modificar un comportamiento problemático o instaurar un nuevo hábito. A continuación se exponen las etapas definidas en este modelo teórico.

Las 6 etapas en el Modelo Transteórico del Cambio
En un primer lugar encontramos la etapa de precontemplación. La característica principal de dicha fase es que la persona no es realmente consciente aún de la problemática que necesita ser cambiada. Es frecuente que en dicha etapa se minimice la importancia del problema o se racionalice el comportamiento con un locus de control externo. Un ejemplo aquí podría ser la persona que considera que fumar no es tan perjudicial realmente o que es una manera efectiva de afrontar el estrés del día a día.
En un segundo lugar, tiene lugar la fase de contemplación, donde las personas empiezan a tomar consciencia de la problemática y se plantean la posibilidad de realizar algún cambio. En esta fase existe aún cierta resistencia al cambio, pero se empiezan a valorar realmente los pros y los contras de continuar como en la actualidad en contraposición a la posibilidad de cambiar algo. Es frecuente que esta etapa se viva un poco como una montaña rusa y se oscile frecuentemente entre el considerar el cambio y la vuelta a los hábitos presentes. Para seguir con el ejemplo anterior, una persona en esta fase podría empezar a ser consciente de las consecuencias negativas que tiene el tabaco en su salud, pero que aún no ha tomado la determinación de dejarlo o se repite “ya lo dejaré”.
En la tercera fase, denominada preparación, las personas se sienten decididas a tomar acción y realizar un cambio, y es aquí donde se empiezan a tomar medidas concretas para llevarlo a cabo. Normalmente se empieza buscando información, planteando objetivos concretos y desarrollando incluso algún plan de acción. Es en esta fase cuando empieza a surgir la motivación y se tiende a buscar apoyo de familiares, amistades o profesionales. En este caso, la persona que quiere dejar de fumar puede haber buscado información sobre cómo hacerlo o haber pedido ayuda a algún profesional.
En la fase de acción, la cuarta etapa, las personas toman la acción y llevan a cabo su plan de cambio. Esta etapa requiere un esfuerzo muy consciente, donde están muy presentes las motivaciones para el cambio que permitan mantenerlo en el tiempo, ya que emocionalmente puede ser una etapa complicada. Se cambian comportamientos o estrategias concretas, sustituyéndolas por otras más sanas que la persona desea implementar o desarrollar. A su vez, es una etapa donde se toman acciones concretas para gestionar las posibles dificultades que se encontraran en el proceso. Siguiendo con el ejemplo mencionado, en este caso la persona ya está llevando a cabo las acciones necesarias para mantenerse sin fumar en su día a día.
En la quinta fase, denominada etapa de mantenimiento, es donde las personas consolidan los cambios realizados y los nuevos hábitos con el objetivo de mantenerlos en el tiempo y evitar una recaída. A pesar de ser una fase en la que pueden aparecer complicaciones o deseos de volver atrás, normalmente la consolidación de nuevos hábitos ya ha ido acompañada de estrategias para sobrellevar las situaciones que pueden detonar una recaída y mantenerse en el plan trazado. En esta fase, el nuevo hábito, en este caso, no fumar, ya está instaurado y la persona lleva unos meses sin realizar la conducta anterior.
Finalmente, Prochaska y DiClemente contemplan la fase de recaída, ya que, aunque no es una fase por la que necesariamente pasan todas las personas, es importante atender que es una realidad frecuente en el proceso de cambio. Esta fase se produce cuando una persona vuelve a su comportamiento anterior, y es preciso comprender que esto no determina los siguientes pasos ni representa un fracaso. Si se entienden las recaídas como una parte más del proceso que permiten oportunidades para aprender y crecer, es más probable que se retome el compromiso hacia el cambio.
A modo de conclusión
Tener en cuenta este modelo y reconocer las etapas del cambio puede tener mucho valor tanto para la persona que se está embarcando en un proceso de transformación o cambio de hábitos, como para los profesionales de la salud mental que acompañen dicho camino. Así, en el caso de estos últimos conocer este modelo permite proporciona un acompañamiento y unas estrategias más adecuadas atendiendo a cada fase del proceso. Este modelo también es útil para comprender mejor los procesos que se dan en el tratamiento de diferentes dificultades, ya sean los trastornos de la conducta alimentaria, las adicciones o los casos de violencia de género.
A pesar de contar cada proceso de cambio con dificultades y momentos complicados, es importante recordarnos que los cambios que hacemos desde el autocuidado y la mejora personal son caminos hacia un mayor crecimiento y bienestar, siendo esto último algo fundamental y muy valioso. Abrazar el proceso de cambio y lo que conlleva, así como adoptar una visión compasiva con uno mismo y promover un reconocimiento de los logros durante dicho periodo, son aspectos fundamentales para hacer de este tránsito un proceso más ameno, eficaz y agradable.
Referencias bibliográficas
Prochaska, J. O., & DiClemente, C. C. (2005). The transtheoretical approach. Handbook of psychotherapy integration, 2, 147