Autora: Mireia Toral, psicóloga general sanitaria en Elisabet Rodríguez – Psicologia i Psicopedagogia (Granollers).
Vivimos en una sociedad en la que las redes sociales ocupan un lugar central en la vida cotidiana de los adolescentes. Dentro de este ecosistema, los influencers se han convertido en referentes dominantes: marcan tendencias de moda, consumo y estilo de vida, y proyectan una imagen de éxito que millones de jóvenes observan a diario. El problema no está en que existan estos referentes, sino en cómo los adolescentes los perciben y se comparan con ellos.
Las comparaciones sociales no son nuevas; siempre han existido. Sin embargo, con las redes sociales, este fenómeno se ha intensificado y ha adquirido un carácter constante, inmediato y global. Mientras que antes los jóvenes se comparaban con sus compañeros de clase o con personas de su entorno, hoy se miden frente a figuras con estilos de vida altamente idealizados y, en muchos casos, inalcanzables.
Comparaciones económicas y de estilo de vida
Uno de los ámbitos más evidentes es el económico. Los influencers suelen mostrar viajes exóticos, ropa de marca, coches de lujo y un ritmo de vida que transmite abundancia. Para un adolescente que está construyendo su identidad, estas imágenes generan la impresión de que el éxito personal y la felicidad dependen de la capacidad de consumir y ostentar.
Esto puede derivar en una sensación de carencia permanente: “yo no tengo lo que ellos tienen”, “mi vida es aburrida en comparación”, “nunca podré alcanzar ese nivel”. El contraste entre la vida real —con sus limitaciones económicas y rutinas cotidianas— y la vida digital proyectada por los influencers alimenta la frustración y la desmotivación.
Comparaciones sobre el bienestar vital
Los influencers no solo muestran objetos materiales, sino también emociones. Muchas de sus publicaciones transmiten una vida llena de diversión, alegría constante, relaciones perfectas y ausencia de problemas, es decir, completamente sesgada, mostrando solo lo positivo y ocultando las dificultades.
Los adolescentes, sin embargo, tienden a interpretar esas imágenes como un reflejo fiel de la realidad. La consecuencia es una comparación injusta: su vida cotidiana, con altibajos emocionales propios de la adolescencia, se percibe deficiente frente a la “felicidad perfecta” que ven en la pantalla. Esto puede provocar sentimientos de inferioridad, tristeza, insatisfacción crónica e incluso síntomas depresivos.
Impacto en la autoimagen y la autoestima
La comparación también se extiende al plano corporal y estético. Muchos influencers cumplen con cánones de belleza muy específicos: cuerpos estilizados, musculados, sin imperfecciones, fruto no solo de rutinas intensas, sino también de filtros, retoques digitales o cirugías estéticas. Los adolescentes, que se encuentran en una etapa especialmente sensible respecto a la imagen corporal, pueden interiorizar que solo alcanzando esos estándares serán valiosos o reconocidos. Esto incrementa el riesgo de baja autoestima, inseguridad y trastornos relacionados con la alimentación o la autoimagen.
Síntomas psicológicos frecuentes
Las comparaciones sociales derivadas del consumo intensivo de contenidos de influencers pueden dar lugar a una serie de síntomas psicológicos en los jóvenes:
- Ansiedad: derivada de la presión por no “estar a la altura” o por sentir que se queda atrás respecto a sus iguales digitales.
- Frustración y enfado: al percibir un desequilibrio injusto entre lo que se desea y lo que se puede tener.
- Baja autoestima: sentimiento de no ser suficiente ni en lo físico, ni en lo social, ni en lo económico.
- Depresión y tristeza: fruto de comparaciones constantes que refuerzan la idea de que la propia vida es menos valiosa o feliz.
- Conductas compensatorias: desde un consumo compulsivo para imitar estilos de vida hasta un uso excesivo de filtros para parecerse más a los modelos idealizados.

Perspectiva psicológica: la teoría de la comparación social
La psicología social ya había descrito este fenómeno mucho antes de la era digital. Festinger (1954) planteó la teoría de la comparación social, según la cual las personas tienden a evaluarse a sí mismas comparándose con otros. En el contexto actual, los influencers representan comparaciones “ascendentes”: modelos aparentemente más exitosos, bellos o felices.
Si bien estas comparaciones pueden, en algunos casos, motivar el esfuerzo y la superación, cuando la distancia percibida es demasiado grande suelen generar frustración y malestar. En la adolescencia, una etapa marcada por la búsqueda de identidad y la vulnerabilidad emocional, este efecto se amplifica.
La necesidad de educación crítica y acompañamiento
En base a lo expuesto hasta ahora, no se trata de demonizar a los influencers, sino de reconocer el grado de influencia que ejercen y ofrecer herramientas a los adolescentes para gestionar mejor las comparaciones sociales. La educación digital y emocional resulta clave; así las siguientes indicaciones pueden resultar de utilidad:
- Fomentar pensamiento crítico: enseñar a cuestionar la veracidad y el contexto de lo que se ve en redes.
- Visibilizar lo oculto: recordar que detrás de cada imagen hay filtros, marketing y una vida real que no se muestra.
- Promover referentes diversos: ampliar el abanico de modelos a seguir, incorporando figuras que transmitan autenticidad, esfuerzo y valores.
- Favorecer el diálogo familiar y escolar: generar espacios donde los adolescentes puedan hablar de sus referentes digitales y expresar cómo se sienten al compararse con ellos.
Referencias bibliográficas
Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7(2), 117–140. https://doi.org/10.1177/001872675400700202