Autora: Jéssica Rodríguez, psicopedagoga en Elisabet Rodríguez – Psicologia i Psicopedagogia (Granollers)
Comprender los estilos de apego es fundamental para acompañar de forma adecuada el desarrollo integral del alumnado. El apego se forma en los primeros años de vida a través de la relación con las figuras cuidadoras siendo la base emocional desde la que se construyen la seguridad, autonomía y la forma de relacionarse con los demás.
En psicopedagogía, este conocimiento resulta clave porque el aprendizaje no depende únicamente de la capacidad intelectual, sino también del estado emocional. Un alumno que no se siente seguro o no confía en el adulto difícilmente podrá concentrarse, gestionar la frustración o relacionarse de manera saludable con sus iguales. Reconocer cómo se manifiestan los diferentes estilos de apego en la escuela permite ajustar la intervención psicopedagógica y prevenir dificultades académicas y socioemocionales.
Estilos de apego y cómo se observan en el aula
Los estilos de apego son patrones de relación que influyen en cómo las personas regulan emociones y construyen vínculos. Los expertos en la materia convienen en diferenciar cuatro tipos principales:
- Apego seguro: surge cuando los cuidadores son sensibles y consistentes. Estos niños crecen confiando en sí mismos y en los demás. En la escuela, suelen mostrarse curiosos, autónomos, empáticos y capaces de pedir ayuda sin miedo a ser rechazados. Tienden a explorar, a asumir retos y a participar en dinámicas de grupo. Desde lo psicopedagógico, son alumnos con mayor disposición al aprendizaje, ya que sienten que cuentan con un apoyo afectivo estable.
- Apego evitativo: aparece cuando los cuidadores son fríos o minimizan las emociones del niño, como estrategia de adaptación, el niño aprende a reprimir sus necesidades y mostrarse autosuficiente. En el aula, pueden parecer tranquilos, discretos o poco problemáticos, pero en realidad les cuesta confiar en los demás y pedir ayuda. El reto educativo es validar sus emociones y ofrecer apoyo de manera respetuosa, sin presionarlos ni invadir su espacio personal.
- Apego ambivalente o ansioso: se desarrolla cuando la atención del cuidador es inconsistente. Estos alumnos buscan atención constante, muestran inseguridad y temen equivocarse. En la escuela pueden parecer dependientes, reclamar validación permanente o tener miedo al fracaso. El psicopedagogo puede acompañarlos transmitiendo seguridad, marcando rutinas claras y reforzando logros que les ayuden a confiar en sus capacidades.
- Apego desorganizado: suele estar vinculado a experiencias traumáticas como negligencia o abuso. Genera confusión emocional y conductas contradictorias: rabietas intensas, retraimiento o agresividad. En la escuela, estos alumnos suelen mostrar graves dificultades de autorregulación y relaciones conflictivas con iguales y adultos. Requieren una intervención especializada, con apoyo constante y coordinación entre escuela, familia y servicios externos.
Asimismo, el estilo de apego no solo influye en la manera de relacionarse, sino también en la forma de aprender. Los alumnos con apego seguro suelen tener mayor autoestima, empatía y tolerancia a la frustración, lo que repercute en un aprendizaje más eficaz. En cambio, los estilos inseguros generan bloqueos emocionales que afectan a la concentración, memoria de trabajo y motivación.
En la infancia, un niño con apego seguro se atreve a explorar y cometer errores, sabiendo que tiene un apoyo. En la adolescencia, esta seguridad se traduce en autonomía, capacidad de tomar decisiones y habilidades sociales. Por el contrario, un apego inseguro puede manifestarse en la niñez como miedo a la separación o dificultad para socializar, y en la adolescencia como aislamiento, impulsividad o desconfianza hacia la autoridad.
Para la psicopedagogía, esto implica observar no solo el rendimiento académico, sino también la parte emocional y relacional del alumnado, ya que un alumno que aparenta “desmotivación” o “mala conducta” puede estar mostrando, en realidad, las huellas de un apego inseguro.

Autorregulación y acompañamiento educativo
Los estilos de apego determinan en gran medida la capacidad de autorregulación.
- Los alumnos con apego seguro suelen disponer de estrategias de calma y autocontrol.
- Los evitativos reprimen emociones y aparentan indiferencia, aunque internamente experimenten ansiedad.
- Los ambivalentes tienden a la impulsividad y la dependencia, alternando entre momentos de euforia y angustia.
- Los desorganizados muestran respuestas contradictorias que reflejan confusión interna.
En el aula, estas diferencias pueden confundirse con simples problemas de conducta, por ello el rol del psicopedagogo/a es fundamental para interpretar la conducta más allá de lo aparente, evitar etiquetas negativas y enseñar habilidades de regulación emocional mediante estrategias como el mindfulness, las rutinas claras, la resolución de conflictos o el diálogo.
Cabe destacar que la neurociencia confirma que los vínculos seguros en la infancia favorecen el desarrollo de estructuras cerebrales relacionadas con la gestión emocional, la memoria y la empatía. La amígdala y el sistema límbico, implicados en el miedo y la regulación emocional, se desarrollan de forma más equilibrada cuando el niño se siente cuidado. Asimismo, la oxitocina, hormona del vínculo, se libera en contextos de seguridad, reduciendo la ansiedad y favoreciendo la conexión interpersonal.
Esto demuestra que un clima escolar cálido y predecible es esencial para el aprendizaje. Además, en la adolescencia, donde la identidad y la autonomía cobran un papel central, un acompañamiento adulto que transmita seguridad puede marcar la diferencia entre un desarrollo resiliente o uno lleno de dificultades emocionales y académicas.
El apego como un proceso dinámico
Aunque el apego se forma en los primeros años de vida, no es una estructura fija, ya que las nuevas experiencias (relaciones seguras, procesos terapéuticos, etc.) pueden transformar un apego inseguro en uno más seguro. Esto refuerza la importancia del trabajo psicopedagógico donde el psicopedagogo, al actuar como figura de referencia consistente y empática, ayuda al alumnado a reconstruir la confianza en los vínculos y en sus propias capacidades.
Por lo tanto, comprender los estilos de apego es clave para avanzar hacia una educación más inclusiva ya que muchas de las conductas que observamos en el aula suelen tener raíces invisibles que no siempre se aprecian a simple vista. Por ello, mirar al alumno/a desde su historia emocional y no solo desde su rendimiento, permite acompañarlo de manera integral en su desarrollo.
Referencias bibliográficas
González, M. A. (2012). Vínculos afectivos en la infancia: la teoría del apego y su aplicación en contextos educativos. Narcea.