EL DUELO EN LA INFANCIA: ¿CÓMO ACOMPAÑAR EFICAZMENTE ANTE LA PÉRDIDA?

Autora: Mireia Toral, psicóloga general sanitaria en Elisabet Rodríguez – Psicologia i Psicopedagogia (Granollers).

El duelo en la infancia ha sido durante mucho tiempo un proceso invisibilizado. Con frecuencia, los adultos tienden a pensar que los niños “no se enteran” o que, debido a su corta edad, olvidarán rápidamente la pérdida. Sin embargo, la evidencia clínica y la experiencia terapéutica muestran que los niños sí experimentan el duelo de manera profunda, aunque lo expresen de formas distintas a los adultos. Comprender cómo viven la muerte según su etapa evolutiva y qué consecuencias puede tener un duelo no acompañado resulta fundamental para proteger su desarrollo emocional.

El duelo en la etapa infantil

La manera en que un niño entiende la muerte está directamente relacionada con su desarrollo cognitivo. Entre los tres y los cinco años, la muerte no se percibe como algo irreversible; puede interpretarse como un estado temporal, similar a dormir o a irse de viaje. Por ello, es frecuente que el niño pregunte repetidamente cuándo regresará la persona fallecida. En esta etapa pueden aparecer conductas regresivas —volver a hacerse pis, necesitar dormir acompañado, demandar mayor contacto físico— que no deben interpretarse como caprichos, sino como señales de inseguridad. Entre los seis y los nueve años comienza a consolidarse la comprensión de la irreversibilidad, aunque todavía pueden aparecer pensamientos mágicos, como creer que un enfado o un mal comportamiento han causado la muerte. Esto puede generar sentimientos intensos de culpa y ansiedad de separación. A partir de los nueve o diez años, la comprensión de la muerte se aproxima a la del adulto: se entiende su carácter universal e inevitable, lo que puede dar lugar a preguntas existenciales, tristeza más sostenida o incluso sintomatología depresiva.

A diferencia del duelo adulto, el duelo infantil no suele ser lineal ni continuo. El niño puede llorar intensamente y, poco después, jugar con aparente normalidad. Esta oscilación no implica indiferencia, sino que responde a una necesidad de autorregulación: el juego actúa como un descanso emocional que permite procesar la pérdida de forma gradual. Cuando el entorno interpreta erróneamente esta conducta como “superación rápida”, puede dejar de ofrecer espacios de expresión, dificultando la elaboración del duelo.

Las manifestaciones del duelo en la infancia

Las manifestaciones emocionales en la infancia son diversas. Además de la tristeza, pueden aparecer irritabilidad, enfado hacia la persona fallecida o hacia los cuidadores, dificultades de concentración, bajo rendimiento escolar, alteraciones del sueño o quejas somáticas como dolores de barriga o de cabeza. En ocasiones, el malestar se expresa más a través de la conducta que de la palabra. Algunos niños parecen no mostrar reacción aparente, especialmente cuando perciben que el tema resulta incómodo o doloroso para los adultos. El silencio familiar, las explicaciones confusas o las mentiras bienintencionadas —como decir que la persona “se ha ido de viaje”— pueden generar mayor inseguridad y fantasías más angustiosas que la propia realidad.

La figura del adulto en el duelo infantil

El modo en que el entorno acompaña la pérdida es un factor decisivo. La información honesta y adaptada a la edad, la validación emocional y el mantenimiento de rutinas estables actúan como elementos protectores. Worden (2009) conceptualiza el duelo como un proceso activo que implica aceptar la realidad de la pérdida, trabajar las emociones asociadas y recolocar emocionalmente al fallecido para continuar viviendo. Estas tareas, aunque formuladas en población adulta, son aplicables también a la infancia si se adaptan al nivel evolutivo del menor. El niño necesita integrar la pérdida en su narrativa vital sin que esta quede encapsulada como una experiencia inabordable.

Consecuencias negativas de la falta de acompañamiento eficaz

Cuando el duelo no se acompaña adecuadamente, pueden aparecer complicaciones a corto y largo plazo. En la infancia pueden desarrollarse cuadros de ansiedad de separación, miedos persistentes, síntomas depresivos o dificultades en la regulación emocional. Algunos niños desarrollan una hipervigilancia constante ante la posibilidad de nuevas pérdidas, especialmente si la muerte fue repentina o traumática. En otros casos, el dolor se bloquea y se manifiesta a través de somatizaciones recurrentes o problemas conductuales. El duelo complicado o crónico puede caracterizarse por una evitación persistente de recuerdos, una tristeza prolongada o una incapacidad para hablar del fallecido sin experimentar una activación emocional desbordante.

Las consecuencias pueden extenderse hasta la vida adulta. Un duelo infantil no resuelto tiende a reactivarse en momentos vitales significativos, como el inicio de una relación de pareja, la maternidad o paternidad, o nuevas experiencias de pérdida. En la adultez pueden observarse patrones de miedo intenso al abandono, dependencia emocional, dificultad para tolerar la separación o, por el contrario, evitación del vínculo profundo como mecanismo de protección. También pueden aparecer estados depresivos recurrentes, sensación persistente de vacío o una hipersensibilidad ante pérdidas simbólicas, como rupturas o cambios laborales. En estos casos, la persona no solo reacciona al evento actual, sino que se activa la herida infantil no elaborada.

A modo de conclusión

El trabajo terapéutico con niños en duelo no consiste en eliminar el dolor, sino en facilitar su expresión e integración. El juego, el dibujo, los cuentos y las metáforas permiten que el niño simbolice aquello que aún no puede verbalizar. Un duelo bien acompañado no implica ausencia de tristeza, sino la posibilidad de recordar sin quedar atrapado en el sufrimiento.

Reconocer la profundidad del duelo infantil supone abandonar la idea de que la infancia es una etapa ajena al dolor. Los niños sienten, comprenden y elaboran la pérdida según sus recursos evolutivos. Cuando el entorno valida y acompaña, el duelo puede integrarse como parte de la historia personal sin interrumpir el desarrollo emocional. Cuando se silencia o minimiza, puede convertirse en una herida latente que reaparezca años después. Atender el duelo en la infancia es, en definitiva, una forma de prevención en salud mental a largo plazo.

Referencias bibliográficas

Worden, J. W. (2009). Grief counseling and grief therapy: A handbook for the mental health practitioner (4th ed.). Springer Publishing Company.

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