EL «HAMBRE EMOCIONAL»: UNA FORMA DISFUNCIONAL DE CANALIZAR EL MALESTAR PSICOLÓGICO

Autora: Mireia Toral, psicóloga general sanitaria en Elisabet Rodríguez – Psicologia i Psicopedagogia (Granollers).

El hambre emocional es un fenómeno psicológico que describe cómo las emociones pueden desencadenar la búsqueda de alimentos, no necesariamente por necesidad física, sino como una respuesta a estados emocionales. Esta conducta puede llevar a patrones de alimentación poco saludables y al desarrollo de problemas de peso. En este artículo, analizaremos las causas, las consecuencias y algunas estrategias para manejar el hambre emocional.

Hambre fisiológico vs. «hambre emocional»: ¿Qué diferencias existen entre ambos fenómenos?

Primeramente, conviene diferenciar hambre fisiológica de la emocional, estas son las diferencias clave:

  1. El fisiológico se va dando gradualmente, mientras que el de tipo emocional aparece de manera repentina.
  2. En el fisiológico, la persona se sacia conforme realiza la ingesta; en el hambre emocional no se alcanza la saciedad.
  3. El hambre fisiológico demanda una ingesta real, que incluya proteína, hidratos de carbono y grasas saludables. El hambre emocional normalmente demanda un tipo de comida en específico, productos altamente azucarados, ultraprocesados o de grasas de baja calidad nutricional.
  4. El fisiológico puede esperar si es necesario, mientras que el emocional es una demanda que debe realizarse con urgencia, sin poder esperar.
  5. Al finalizar la ingesta por hambre fisiológico, hay sensación de bienestar. Diferentemente, en el hambre emocional, aparecen sentimientos de culpa y arrepentimiento.

Causas y consecuencias asociadas al «hambre emocional»

Las causas del hambre emocional son diversas y pueden incluir factores individuales, familiares y culturales. Destacamos las siguientes:

  1. Estrés y ansiedad: Como hemos comentado, situaciones estresantes pueden provocar el deseo de comer como una forma de aliviar la tensión emocional. La ansiedad y el estrés pueden hacer que las personas busquen alimentos que les proporcionen placer instantáneo, aunque esto solo sea una solución temporal.
  2. Condicionamiento y hábitos: Desde la infancia, se tiende a asociar la comida con la celebración y el consuelo. Normalmente, se asocian comidas altamente calóricas o azucaradas con la recompensa a una buena conducta, mientras que alimentos como la fruta, verdura o pescado, con el castigo. Ello influencia a la percepción que tenemos como adultos sobre los diferentes alimentos y cuál queremos ingerir dependiendo de nuestro estado emocional.
  3. Déficits de regulación emocional:  Muchas personas carecen de habilidades adecuadas para gestionar sus emociones, lo que las lleva a recurrir a la comida. Luis Rojas Marcos (2018), explica que la comida puede actuar como un calmante emocional, ayudando a las personas a evadir el malestar psicológico, pero a costa de desarrollar una relación poco saludable con la alimentación.

Las consecuencias del hambre emocional son muy significativas:

  1. Aumento de peso: La alimentación emocional puede contribuir a un aumento de peso, lo que a su vez puede causar problemas de salud. Las personas que comen por razones emocionales son más propensas a experimentar sobrepeso u obesidad, ya que tienden a consumir alimentos calóricos y poco saludables cuando experimentan malestar emocional.
  2. Problemas psicológicos: La culpa y la vergüenza asociadas con la alimentación emocional pueden agravar problemas de autoestima y contribuir a trastornos como la depresión y la ansiedad. Esta dinámica puede perpetuar un ciclo negativo en el que la comida se utiliza como un alivio temporal, pero que a largo plazo lleva a un mayor malestar emocional.
  3. Vulnerabilidad emocional: Utilizar la comida para regular las emociones puede llevar a una dependencia poco saludable. Ello puede dificultar el desarrollo de habilidades de afrontamiento más efectivas, lo que lleva a una mayor vulnerabilidad emocional en situaciones de estrés o ansiedad.

Abordaje terapéutico ante el «hambre emocional»

Abordar el hambre emocional es crucial para mejorar la relación con la comida y fomentar una salud emocional más equilibrada. Algunas estrategias recomendadas en la obra de Laia Solé (2019) son las siguientes:

  1. Conciencia y reconocimiento emocional: La práctica de la conciencia emocional puede ayudar a las personas a identificar cuándo están comiendo por razones emocionales. Levar un diario de emociones y alimentos puede ser útil para rastrear los desencadenantes del hambre emocional y desarrollar un mejor entendimiento de las propias emociones.
  2. Desarrollo de habilidades de regulación emocional: Aprender a manejar las emociones de manera saludable puede reducir la dependencia de la comida. Actividades como la meditación y el ejercicio son excelentes alternativas. 
  3. Realizar actividades gratificantes: Buscar alternativas a la comida para manejar el estrés es clave. Realizar actividades placenteras, como practicar deportes o involucrarse en hobbies, puede ofrecer alivio emocional sin recurrir a la alimentación. 
  4. Apoyo profesional: La orientación profesional puede dotarte de herramientas para ayudarte a gestionar el hambre emocional y desarrollar una relación más saludable con la comida.

A modo de conclusión

El hambre emocional es un fenómeno que afecta a muchas personas y puede tener graves consecuencias para la salud física y emocional. Entender sus causas y consecuencias es el primer paso para abordarlo de manera efectiva. Mediante el desarrollo de habilidades de regulación emocional, el reconocimiento de los desencadenantes y el apoyo profesional, es posible cultivar una relación más saludable con la comida y mejorar el bienestar general. La educación sobre el hambre emocional y el establecimiento de hábitos saludables son los pasos cruciales hacia un estilo de vida más equilibrado y satisfactorio.

Referencias bibliográficas

  • Rojas Marcos, L. (2018). La fuerza del optimismo. Ediciones Martínez Roca.
  • Solé, L. (2019). Adiós al hambre emocional. Editorial EDAF.

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