Autora: Carla Carulla, psicóloga infantojuvenil en Elisabet Rodríguez – Psicologia i Psicopedagogia (Granollers).
La incertidumbre es un fenómeno que suele generar sensaciones desagradables en la persona que la experimenta: nerviosismo, estrés, ansiedad, los recurrentes “¿y si…?”, etc. Cada individuo vive la incertidumbre de una forma particular, dependiendo de las características de personalidad que manifiesta, de sus creencias, del marco de referencia creado a partir de sus experiencias vitales o de sus habilidades de gestión emocional.
La incertidumbre vs. la necesidad de control
No obstante, es bastante habitual que la incertidumbre tienda a asociarse a sentimientos de inseguridad, ya que en la sociedad actual funcionamos bajo la premisa de «tenerlo todo bajo control». Así, en la consulta, uno de los planteamientos que se repite con mayor frecuencia hace referencia a creer que es necesario ejercer ese nivel de control para poder estar tranquilo/a, de tal manera que se vincula erróneamente el control con la sensación de seguridad. Como esta última reporta un estado de bienestar, las personas buscamos extender cada vez más el grado de control ejercido al máximo de factores posibles implicados en una situación concreta. Este tipo de actuaciones suelen conllevar la aparición de emociones como la frustración o el miedo ansioso, ya que, en este intento de controlar al máximo, nos damos cuenta finalmente de que hay una infinidad de factores que no dependen de nosotros y que escapan a nuestra responsabilidad o margen de maniobra.
La incertidumbre en las relaciones interpersonales
Este mecanismo de acción suele representar un fenómeno bastante habitual en las relaciones interpersonales: intentamos controlar cómo se sentirá X persona con lo que digo, cómo le repercutirá, qué pasará por su mente si hago esa cosa o esa otra, etc. El intento de pretender abarcar tantos parámetros suele ir acompañado de angustia, la cual normalmente acaba conduciendo a la parálisis, es decir, a no actuar. Esta inhibición ocurre debido a que tendemos a responsabilizarnos de todos los factores que intervienen en cualquier situación sucedida, así como de las actitudes o conductas ajenas. Esto es un error, ya que de manera más objetiva, las personas solo somos responsables de nuestras propias decisiones y actuaciones; lo relativo a la otra persona (cómo se va a sentir, qué le parecerá, etc.) tiene que ver justamente con el otro, no con uno mismo.
En este punto reside la importancia de establecer límites interpersonales, separando el grado de responsabilidad propia y ajena en las situaciones a las que nos enfrentamos. Así, los demás interpretan y reaccionan ante nuestras acciones en base a aspectos como qué valores los definen, la perspectiva subjetiva del mundo de que disponen, al marco de referencia establecido, las experiencias vitales pasadas, al sistema de creencias desarrollado o a su estado emocional propio, etc., más que con el contenido del mensaje que uno traslada.
Por ejemplo: si la persona A le dice a la persona B «me gusta mucho tu camiseta”, puede que, si esta última se ha sentido rechazada y traicionada muchas veces en el pasado, desarrollando la creencia de que no se puede confiar en las personas, considerando que no se pueden crear vínculos sinceros de amistad, etc., puede que interprete el mensaje de la persona A negativamente y piense algo así como: “Seguro que no lo piensa de verdad y me está diciendo eso porque quiere algo de mi”. Sin embargo, es preciso recordar que dicha interpretación no tiene que ver lo verbalizado en sí mismo, sino con sus creencias y su manera de ver el mundo.
¿Por qué es importante tener claro todo esto? Porque ello permite colocar el foco en nosotros mismos, esto es, entender que no podemos hacernos cargo de todo lo que sienten o piensan los demás con la finalidad de adoptar una actitud aceptadora ante la incertidumbre. Planteamientos como «¿Qué es lo que quiero decir? ¿Cómo quiero trasladar mi mensaje? ¿Qué me apetece compartir o comunicar a la otra persona?» permiten al individuo que de el paso a la acción y al afrontamiento activo de las situaciones que se le presentan en el día a día.

La incertidumbre ante situaciones futuras
No obstante, la poca tolerancia a la incertidumbre se suele expresar en varios ámbitos vitales, no solamente en las relaciones interpersonales. Así, también son recurrentes las preocupaciones surgidas al anticiparse a los acontecimientos futuros, intentando prever todo lo que pasará, considerando todos los escenarios posibles ante una situación o planeando cómo actuaremos o responderemos ante todos ellos, etc.
En términos biológicos, la ansiedad o la preocupación tienen una función adaptativa para el ser humano, permitiendo prevenir y estar preparado ante lo que pueda suceder, con el objetivo de evitar un posible daño. Sin embargo, ante una preocupación, solemos situar el foco y magnificar las posibles dificultades, a la vez que minimizamos y obviamos los recursos de que disponemos para responder y hacer frente a tal situación. Por lo tanto, observamos que no se favorece una actuación adaptativa, ya que este mecanismo de atención genera un mayor estado de alerta y una mayor dedicación del propio espacio mental a dichas preocupaciones. Además, el hecho de darle vueltas de forma pasiva a las situaciones que nos preocupan, nos lleva a la rumia y a la parálisis, generando una menor sensación de autoeficacia y menor capacidad de resolución de problemas a largo plazo. Así, se ha observado que la baja tolerancia a la incertidumbre tiene una estrecha relación con un nivel escaso de habilidades de gestión emocional, especialmente en lo que se refiere a las emociones desagradables o incómodas.
Mantener un nivel de preocupación funcional, ¿cómo hacerlo?
Teniendo en cuenta toda esta información, ¿qué podemos hacer para que la preocupación sea adaptativa y no comporte toda esta serie de repercusiones negativas en el día a día?
Lo fundamental es trabajarlo en terapia y profundizar en las causas de dicho mecanismo de preocupación, así como favorecer la comprensión de los factores sobre los que nos estamos intentando proteger, ganar consciencia sobre nuestros mecanismos menos funcionales para sustituirlos para otros más adaptativos de manera personal y única. Asimismo, trabajar en la propia gestión emocional, especialmente de las emociones desagradable es también un objetivo esencial, ya que cabe resaltar que la intolerancia a la incertidumbre representa un factor transdiagnóstico para los trastornos de ansiedad y la depresión.
De manera más general, algunas de las siguientes pautas ser de utilidad para reducir esta ansiedad o preocupación y facilitar una reconciliación con la sensación de incertidumbre:
– Meditar, para entrenar el mecanismo de dejar pasar los pensamientos y reducir la urgencia de atenderlos cuando aparezcan en nuestra cabeza.
– Buscar las evidencias en contra y a favor del pensamiento anticipatorio ansioso.
– Aprender a generar otros puntos de vista alternativos a la interpretación inicial. Entender que la interpretación inicial solo es una hipótesis inicial, entrenando a la mente para generar como mínimo tres hipótesis alternativas más.
– Plantear cómo podríamos afrontar si ocurriese el peor de los potenciales escenarios previstos y valorar si esa situación duraría para siempre.
– Dedicar un tiempo activo al día en el que dar espacio a estas preocupaciones de forma activa compartiéndolas con alguien, generando soluciones ante las situaciones planteadas o anotándolas en un diario o cuadernillo.
Referencias bibliográficas
del Valle, M. V., Zamora, E. V., Andrés, M. L., Irurtia Muñiz, M. J., & Urquijo, S. (2020). Dificultades de regulación emocional e intolerancia a la incertidumbre en estudiantes universitarios. Quaderns de psicologia, 22(2), 0014.
Un comentario
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