LA PROCRASTINACIÓN: NATURALEZA Y CAUSAS QUE LA RETROALIMENTAN

Autora: Helena Paños, psicóloga general sanitaria en Elisabet Rodríguez – Psicologia i Psicopedagogia (Granollers)

Todos lo hemos hecho alguna vez. Sabemos que tenemos que preparar un informe, estudiar para un examen o pedir una cita importante. Sin embargo, en lugar de empezar, ordenamos el escritorio, respondemos un par de mensajes o nos ponemos a ver «solo un capítulo”. Cuando finalmente nos damos cuenta del tiempo perdido, aparece la culpa, que nos trae también una conclusión muy familiar: «soy un vago.»

Pero la investigación psicológica lleva años cuestionando esa explicación. Hoy en día sabemos que, en la mayoría de los casos, procrastinar tiene mucho menos que ver con la pereza de lo que solemos pensar.

¿Qué es realmente procrastinar?

La procrastinación suele definirse como el retraso voluntario e innecesario de una tarea que sabemos que deberíamos realizar, a pesar de ser conscientes de que ese retraso probablemente tendrá consecuencias negativas. Es decir, no hablamos simplemente de posponer una tarea porque existan otras prioridades o porque no podamos hacerla en ese momento. Procrastinar implica elegir retrasarla aun sabiendo que esa decisión probablemente nos perjudicará.

Se trata de un comportamiento muy frecuente. Algunas investigaciones estiman que alrededor del 15-25 % de los adultos procrastinan de forma crónica, mientras que entre estudiantes universitarios la cifra puede alcanzar aproximadamente el 50 %. Es decir, no es un fenómeno excepcional, sino una tendencia bastante común.

Durante mucho tiempo se pensó que la procrastinación era un problema de organización o de falta de disciplina. Sin embargo, según uno de los modelos más aceptados, procrastinamos porque intentamos evitar las emociones desagradables que nos provoca una tarea. Como por ejemplo:

  • Ansiedad.
  • Miedo a equivocarnos.
  • Aburrimiento.
  • Frustración.
  • Inseguridad.
  • Perfeccionismo.

La tarea no siempre es el verdadero problema. Lo que en realidad estamos evitando cuando procrastinamos es cómo nos hace sentir. En este sentido, funciona como una estrategia de regulación emocional a corto plazo. Al posponer aquello que nos incomoda, experimentamos un alivio inmediato.

El alivio que alimenta el círculo

Ese alivio inmediato actúa como una recompensa. Tu cerebro aprende que evitar la tarea reduce momentáneamente el malestar. Desde el punto de vista del aprendizaje, este mecanismo se conoce como refuerzo negativo: desaparece una emoción desagradable y, por tanto, aumenta la probabilidad de volver a utilizar la misma estrategia en el futuro.

El inconveniente es que el alivio solo dura un rato. La tarea sigue pendiente. Y ahora, además, suele aparecer culpa, preocupación o sensación de fracaso. Paradójicamente, esas emociones hacen que la tarea resulte todavía más aversiva la próxima vez que pensamos en ella. Así se crea un círculo que puede repetirse durante semanas o incluso meses.

¿Qué ocurre en el cerebro?

Aunque la neurociencia de la procrastinación sigue desarrollándose, existen algunos hallazgos bastante consistentes.

Las tareas que percibimos como amenazantes o desagradables activan sistemas cerebrales relacionados con el procesamiento emocional.

Al mismo tiempo, iniciar una tarea requiere la intervención de la corteza prefrontal, especialmente de las regiones implicadas en planificación, autocontrol, toma de decisiones y regulación de la conducta.

Cuando predominan emociones intensas como la ansiedad o la frustración, mantener ese control resulta más difícil. No significa que exista una «zona de la procrastinación» en el cerebro ni que determinadas personas tengan un cerebro incapaz de trabajar. Más bien parece tratarse de un equilibrio entre los sistemas encargados del control cognitivo y aquellos implicados en la respuesta emocional.

En otras palabras: cuanto mayor es el malestar que asociamos a una tarea, más probable resulta que nuestro cerebro busque una alternativa que proporcione una recompensa inmediata.

Entonces… ¿Cuál es la solución?

Si entendemos la procrastinación únicamente como falta de disciplina, probablemente intentaremos resolverla con más presión, más autoexigencia o mejores herramientas de organización. Y aunque estas estrategias pueden ayudar, muchas veces no atacan el origen del problema.

Si la emoción que provoca la tarea sigue siendo la misma, el impulso de evitarla también suele mantenerse. Por eso muchas intervenciones psicológicas se centran en aprender a tolerar el malestar inicial en lugar de intentar eliminarlo.

Aceptar que una tarea puede resultar incómoda, empezar por una parte muy pequeña o identificar qué emoción concreta estamos evitando suele ser más útil que esperar a sentirnos motivados.

Tal vez la pregunta más útil para ayudarnos a ésto sea: «¿Qué emoción me está haciendo evitar esta tarea?»

Comprender esa emoción no hará desaparecer automáticamente la procrastinación. Pero sí permite dejar de verla como un defecto moral y empezar a entenderla como un problema de regulación emocional sobre el que, poco a poco, podemos aprender a intervenir.

Entenderla como lo que és ayuda a aliviar la carga de la culpa o de la autocrítica y nos motiva a implicarnos en el proceso.

Referencias bibliográficas

Ferrari, J. R., Johnson, J. L., & McCown, W. G. (1995). Procrastination and task avoidance: Theory, research, and treatment. Springer.

Pychyl, T. A., & Sirois, F. M. (2013). Procrastination and the priority of short-term mood regulation: Consequences for future self. Social and Personality Psychology Compass, 7(2), 115–127.

Sirois, F. M., & Pychyl, T. A. (2016). Procrastination, health, and well-being. Academic Press.

Steel, P. (2007). The nature of procrastination: A meta-analytic and theoretical review of quintessential self-regulatory failure. Psychological Bulletin, 133(1), 65–94.

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