Autora: Helena Paños, psicóloga general sanitaria en Elisabet Rodríguez – Psicologia i Psicopedagogia (Granollers)
En el lenguaje cotidiano utilizamos palabras como miedo, ansiedad, estrés, inseguridad e incertidumbre casi como si fueran sinónimos. «Tengo ansiedad porque estoy estresado», «me da miedo no saber qué va a pasar», «esto me genera inseguridad»… Son expresiones perfectamente comprensibles, pero desde la psicología estos conceptos no significan exactamente lo mismo.
Distinguirlos no es una cuestión de poner etiquetas y ya está. Comprender específicamente qué estamos experimentando puede ayudarnos a identificar mejor qué necesitamos y, sobre todo, a no interpretar cualquier reacción de malestar como un problema psicológico que haya que eliminar. ¿Qué es qué?:
Miedo: cuando percibimos una amenaza
El miedo es una respuesta emocional ante una amenaza percibida. Puede aparecer cuando existe un peligro delimitado e inmediato o que identificamos con bastante claridad. Si escuchamos un ruido extraño mientras estamos solos en casa, vemos un coche acercándose demasiado rápido o nos encontramos frente a un animal que percibimos como peligroso, nuestro organismo activa rápidamente una respuesta de miedo.
El miedo tiene una función adaptativa: prepara al organismo para responder ante una amenaza. Puede aumentar nuestra atención, favorecer que nos alejemos del peligro y movilizar recursos físicos para actuar. Por eso, sentir miedo no es en sí mismo algo negativo. De hecho, no tener miedo ante determinadas situaciones potencialmente peligrosas sería bastante poco adaptativo.
Así, lo importante es que la respuesta sea suficientemente ajustada a la situación y no interfiera de manera desproporcionada en nuestra vida.
Ansiedad: anticipar lo que podría ocurrir
Miedo y ansiedad no son exactamente lo mismo. Una diferencia clásica entre ambos conceptos tiene que ver con el tipo de amenaza y con su orientación temporal. Podríamos resumirlo de una manera muy sencilla:
El miedo responde a «hay un peligro concreto e inminente». VS La ansiedad responde más a «puede haber un peligro inespecífico».
La diferencia no siempre es tan nítida en la experiencia cotidiana, pero resulta útil para comprender ambos conceptos.
La ansiedad está relacionada con la anticipación de una amenaza o de un resultado negativo. Puede aparecer aunque el peligro no esté presente en ese momento y aunque ni siquiera sepamos con exactitud qué va a ocurrir.
Por ejemplo:
«¿Y si me despiden?» «¿Y si algo sale mal?» «¿Y si hago el ridículo?» «¿Y si le ocurre algo a mi familia?»«¿Y si no soy capaz de hacerlo?»
En estos casos no estamos respondiendo a un peligro presente. Estamos intentando anticiparnos a algo que podría suceder.
La ansiedad también puede producir cambios físicos: tensión muscular, aumento de la activación, inquietud, cambios en la respiración o en la frecuencia cardíaca, entre otros. Pero, de nuevo, esto no significa que toda ansiedad sea patológica. Sentir cierta ansiedad antes de una entrevista de trabajo, un examen, una intervención médica o una conversación importante puede ser una reacción completamente normal. Como con todo, el problema aparece cuando la ansiedad es excesiva, persistente, difícil de controlar o interfiere significativamente con nuestra vida cotidiana.
Esta distinción es especialmente importante en una época en la que parece que cualquier emoción desagradable necesita ser eliminada inmediatamente.

Estrés: cuando tenemos que hacer frente a una demanda
El estrés es diferente. En psicología, el término hace referencia a una respuesta psicológica y fisiológica ante demandas o situaciones que requieren adaptación. Estas demandas pueden proceder del exterior —por ejemplo, una sobrecarga de trabajo— o de factores internos.
Por eso, tampoco es correcto reducir el estrés a «tener demasiadas cosas que hacer». Una mudanza, un cambio de trabajo, cuidar de una persona dependiente, preparar un examen, atravesar una separación o enfrentarse a un problema económico pueden ser situaciones estresantes, aunque no todas tengan las mismas características.
La palabra estrés suele utilizarse en sentido negativo, aunque la respuesta de estrés forma parte de los mecanismos normales de adaptación. Pero, a veces, el estrés puede derivar en ansiedad cuando las demandas son demasiado intensas, se prolongan durante mucho tiempo o no conseguimos disponer de recursos suficientes para afrontarlas.
Aquí es importante distinguir entre estresor y respuesta de estrés: un estresor es aquello que plantea una demanda o desafío; el estrés es la respuesta que se produce ante esa situación.
Por ejemplo, tener mucho trabajo puede ser un estresor. Sentir tensión, agotamiento, dificultad para desconectar o estar constantemente activado puede formar parte de la respuesta de estrés.
Inseguridad: cuando aparecen dudas sobre nosotros mismos
La inseguridad es un concepto algo diferente. Tradicionalmente se relaciona con sentimientos de inadecuación, falta de confianza en uno mismo y dudas sobre la propia capacidad para afrontar determinadas situaciones. También puede estar relacionada con nuestros objetivos o relaciones.
Podemos sentirnos inseguros en ámbitos muy diferentes: «No sé si soy suficientemente bueno para este trabajo». «No sé si le gusto a esta persona». «No estoy seguro de haber tomado la decisión correcta». «No sé si voy a ser capaz de hacerlo».
La inseguridad, por tanto, suele estar relacionada con cómo valoramos nuestros propios recursos o nuestra posición ante una situación.
Incertidumbre: no saber qué va a pasar
La incertidumbre no es una emoción. Es una condición en la que no disponemos de información suficiente para saber con exactitud qué ocurrirá, cuál será el resultado de una situación o cuál es la mejor decisión.
Por ejemplo, cuando enviamos un currículum no sabemos si nos contratarán. Cuando esperamos los resultados de una prueba médica no sabemos todavía cuál será el resultado. Cuando iniciamos una relación no sabemos cómo evolucionará.
La incertidumbre forma parte inevitable de la vida. Y es importante entender que es imposible eliminarla por completo así que puede resultar especialmente difícil de tolerar. Aquí es donde es importante diferenciar entre incertidumbre e intolerancia a la incertidumbre.
La psicología ha estudiado ampliamente la llamada intolerancia a la incertidumbre, especialmente en relación con la preocupación y los problemas de ansiedad. No significa simplemente «no me gusta no saber qué va a pasar», sinó a una dificultad mayor para aceptar situaciones en las que no podemos conocer o controlar completamente el resultado. Esto puede llevarnos a intentar conseguir una certeza que, sencillamente, no está disponible.
Por ejemplo:
- revisar constantemente una decisión;
- buscar información una y otra vez;
- pedir repetidamente confirmación a otras personas;
- anticipar todas las posibilidades negativas;
- intentar controlar cada detalle de una situación;
- posponer decisiones hasta sentir que tenemos absoluta seguridad.
El problema es que muchas situaciones importantes de la vida no ofrecen certeza absoluta, y cuanto más intentamos conseguirla, más atención podemos acabar dedicando precisamente a aquello que nos preocupa.
¿Cómo se relacionan entre sí?
Aunque sean conceptos diferentes, no funcionan en compartimentos estancos. Una misma situación puede implicar varios de ellos. Pongamos un ejemplo:
Imaginemos que mañana tenemos una entrevista de trabajo. Puede existir incertidumbre porque no sabemos qué ocurrirá. Podemos sentir inseguridad porque dudamos de nuestras capacidades. Podemos experimentar ansiedad porque anticipamos la posibilidad de que la entrevista salga mal. Podemos sentir cierto miedo ante la posibilidad concreta de ser rechazados. Y, si llevamos semanas preparando la entrevista mientras mantenemos una elevada carga de trabajo, podemos experimentar también estrés.
No son cinco formas diferentes de decir lo mismo. Son conceptos que describen aspectos diferentes de nuestra experiencia.
¿Por qué es importante distinguirlos?
Cuando utilizamos una única palabra para describir experiencias diferentes podemos acabar intentando solucionar problemas diferentes de la misma manera. Por ejemplo, si interpretamos todo malestar como «ansiedad», quizá intentemos eliminar la sensación de ansiedad cuando lo que realmente necesitamos es descansar, resolver un problema concreto, aceptar que no podemos saber algo todavía o trabajar determinadas dudas sobre nuestras capacidades.
- Si tenemos miedo puede ser útil preguntarnos: ¿existe una amenaza concreta y qué puedo hacer ante ella? Nos predispone a protegernos.
- Si sentimos ansiedad puede ser útil identificar: ¿Qué estoy anticipando que podría ocurrir? Puede ayudarnos a distinguir entre una posibilidad y un hecho.
- Si estamos estresados la pregunta puede ser: ¿Qué demandas tengo ahora mismo y qué recursos tengo para afrontarlas? Nos predispone a actuar.
- Si nos sentimos inseguros podemos preguntarnos: ¿Qué estoy poniendo en duda sobre mí mismo? Enfrentamos hechos ante percepciones propias.
- Si nos encontramos ante la incertidumbre: ¿Hay algo que realmente pueda saber o controlar ahora mismo? Si la respuesta es no, intentar conseguir una certeza imposible puede convertirse en una fuente adicional de malestar.
El problema de querer sentirnos bien todo el tiempo
Distinguir estos conceptos también puede ayudarnos a cuestionar una idea bastante extendida: que una buena salud emocional consiste en sentirnos tranquilos, seguros y felices prácticamente todo el tiempo. No es así. Una vida sin miedo, incertidumbre, estrés, inseguridad o ansiedad sería, además de poco realista, difícilmente compatible con muchas de las experiencias normales de la vida.
Vamos a tener entrevistas, cambios, pérdidas, decisiones difíciles, relaciones complicadas, problemas laborales, exámenes, enfermedades, conflictos y situaciones cuyo resultado no podemos controlar.
El objetivo se trata más bien de poder experimentar emociones desagradables cuando corresponda, comprender qué las está provocando y disponer de recursos para responder de una manera suficientemente flexible. Cuándo el malestar se vuelve demasiado intenso, persistente o incapacitante buscar ayuda profesional puede ser una buena decisión.