Autora: Helena Paños, psicóloga general sanitaria en Elisabet Rodríguez – Psicologia i Psicopedagogia (Granollers)
Imagina que has realizado una presentación en el trabajo. Al terminar, cuatro compañeros te felicitan, tu responsable destaca que lo has hecho bien y, en general, la experiencia es positiva. Sin embargo, una persona señala que en un momento te has explicado de manera confusa.
Horas después, sigues pensando en ese comentario y en cómo deberías haberlo hecho mejor: «Seguro que han pensado que no estoy preparado». «Siempre acabo equivocándome en algo».
¿Por qué un comentario negativo puede tener tanto peso cuando también hemos recibido información positiva? Una de las explicaciones que ofrece la psicología es el sesgo de negatividad.
¿Qué es el sesgo de negatividad?
El sesgo de negatividad hace referencia a la tendencia a que la información negativa tenga, en determinadas circunstancias, un impacto mayor que la positiva. Puede influir en la atención, la interpretación de lo que ocurre, la memoria y la valoración de nuestras experiencias.
Esto no significa que nuestro cerebro recuerde siempre lo malo, ni que las experiencias positivas no tengan importancia. Se trata de una tendencia general que puede manifestarse de distintas formas y cuya intensidad depende de factores como el contexto, la relevancia personal de la información y el estado emocional.
En una revisión ampliamente citada, Baumeister y colaboradores (2001) analizaron investigaciones de diferentes ámbitos de la psicología y concluyeron que los acontecimientos negativos suelen tener un efecto más intenso que los positivos en numerosos contextos. La pregunta que surge es: ¿por qué?
Una de las explicaciones propuestas es que prestar atención a posibles amenazas o problemas puede resultar útil para responder ante situaciones que requieren protección o cambios de conducta. Detectar un error, una situación peligrosa o una señal de rechazo puede llevarnos a revisar lo ocurrido y aprender de ello. Desde esta perspectiva, que la información negativa tenga un peso importante puede cumplir una función adaptativa.
Pero una tendencia que puede resultar útil en determinadas situaciones no significa que siempre nos ayude. Cuando la atención se queda atrapada en los errores o cuando interpretamos cualquier dificultad como una prueba de que no somos suficientemente buenos, el proceso puede contribuir al malestar psicológico.
Cuando un error pesa más que muchos aciertos
El problema no está necesariamente en recordar un error. La dificultad aparece cuando un acontecimiento negativo ocupa un espacio desproporcionado en la valoración que hacemos de nosotros mismos.
Por ejemplo:
«He cometido un error» se convierte en «Soy incompetente».
«Esta entrevista no ha salido bien» se transforma en «Nunca conseguiré trabajo».
«Una persona me ha criticado» acaba interpretándose como «A nadie le gusta cómo soy».
En estos ejemplos no solo estamos recordando algo negativo, también estamos generalizando lo ocurrido y utilizándolo para extraer conclusiones amplias sobre nuestra identidad o nuestro futuro.
Aquí conviene distinguir entre el sesgo de negatividad y otros procesos cognitivos. El primero describe una mayor influencia de la información negativa en determinadas circunstancias. En cambio, sacar conclusiones generales a partir de un único acontecimiento puede implicar otros sesgos o patrones de pensamiento, como la sobregeneralización. No debemos asumir que todos estos procesos son exactamente lo mismo.

¿Cómo puede influir en la autoestima?
La autoestima está relacionada con la valoración que hacemos de nosotros mismos. Cuando la información negativa recibe más atención o peso que la positiva, puede resultar más difícil integrar nuestros logros en esa valoración.
Por ejemplo, una persona puede aprobar un examen, completar un proyecto complicado y recibir reconocimiento por su trabajo, pero seguir definiéndose a partir de un fallo concreto. Esto no significa que el sesgo de negatividad sea, por sí solo, la causa de una baja autoestima. La relación es más compleja y puede estar influida por las experiencias personales, las expectativas, las relaciones, el estado de ánimo y las formas habituales de interpretar la información.
Lo que sí resulta relevante es que si damos sistemáticamente más importancia a nuestros errores que a nuestros aciertos, nuestra imagen de nosotros mismos puede acabar siendo poco equilibrada. Reconocer los aspectos que necesitamos mejorar no exige ignorar aquello que hacemos bien.
¿Qué relación tiene con la ansiedad?
La ansiedad suele implicar una mayor preocupación por posibles amenazas o resultados negativos. En algunas personas, esto puede ir acompañado de una atención preferente hacia la información relacionada con el peligro o de interpretaciones negativas ante situaciones ambiguas. La investigación ha encontrado sesgos en el procesamiento de información amenazante en personas con ansiedad, aunque los resultados no son idénticos en todas las tareas ni en todas las personas.
Por ejemplo, una persona preocupada por su rendimiento laboral puede recordar especialmente las ocasiones en las que se equivocó y prestar menos atención a las situaciones en las que resolvió los problemas de manera adecuada. Después, esos recuerdos pueden utilizarse para anticipar nuevas dificultades: «La última vez salió mal, así que probablemente vuelva a ocurrir».
Sin embargo, es importante no presentar esta secuencia como una relación causal automática. El sesgo de negatividad no implica necesariamente desarrollar ansiedad, y la ansiedad no se explica por un único sesgo cognitivo. Se trata de fenómenos en los que intervienen múltiples factores.
Una revisión y metaanálisis de Mitte (2008) encontró resultados variables en relación con el recuerdo de información amenazante en personas con ansiedad. El sesgo aparecía especialmente en algunas tareas de recuerdo, pero no de forma uniforme en todas las medidas de memoria.
¿Podemos hacer algo para equilibrar nuestra atención?
No se trata de obligarnos a pensar en positivo ni de negar las experiencias desagradables. Tampoco podemos decidir voluntariamente qué recuerdos aparecerán en nuestra mente en cada momento. Lo que sí podemos trabajar es la forma en la que interpretamos y valoramos lo ocurrido.
- Diferenciar el hecho de la conclusión. No es lo mismo decir: «He cometido un error en la presentación» que afirmar «Soy malo haciendo presentaciones». La primera frase describe un acontecimiento concreto, la segunda extrae una conclusión general sobre nuestra identidad.
- Incorporar toda la información disponible. Si hemos cometido un error, podemos revisarlo sin borrar el resto de la experiencia. ¿Qué salió bien? ¿Qué dificultades aparecieron? ¿Qué puedo aprender? ¿Qué información positiva también estaba presente?
- Utilizar los errores para aprender, no para definirnos. Un error puede aportar información sobre una conducta concreta, pero no determina por sí solo nuestro valor como personas ni predice necesariamente nuestro futuro.
- Observar cuándo aparece la preocupación repetitiva. Si seguimos repasando una situación una y otra vez, conviene preguntarnos si estamos obteniendo información nueva o si simplemente estamos repitiendo las mismas conclusiones negativas.
Referencias bibliográficas
Baumeister, R. F., Bratslavsky, E., Finkenauer, C., & Vohs, K. D. (2001). Bad is stronger than good. *Review of General Psychology, 5*(4), 323–370. https://doi.org/10.1037/1089-2680.5.4.323
Mitte, K. (2008). Memory bias for threatening information in anxiety and anxiety disorders: A meta-analytic review. *Psychological Bulletin, 134*(6), 886–911. https://doi.org/10.1037/a0013343
Leung, C. J., Yiend, J., Trotta, A., & Lee, T. M. C. (2022). The combined cognitive bias hypothesis in anxiety: A systematic review and meta-analysis. *Journal of Anxiety Disorders, 89*, 102575. https://doi.org/10.1016/j.janxdis.2022.102575